10/26/2014

Aubry vs Valls: ¿Hacia dónde va el Partido Socialista en Francia?

Había una vez, en un país no tan lejano, un partido socialista que llevaba dos años y medio gobernando en una situación de crisis, con resultados más bien mediocres y datos macroeconómicos que apuntaban al estancamiento. Este partido socialista tenía dos sectores muy diferenciados entre sí. Por una parte, los  más conservadores insistían en aplicar las medidas más tradicionales de la izquierda y volver a los orígenes; mientras un segundo bando se afirmaba más progresista, y creía que era hora de soltar lastre para poder reformar y asegurar una economía más fuerte, más redistributiva, más justa.

Hablo, en efecto, de Francia, donde los cuchillos, que ya volaban entre ambos sectores durante los dos primeros años de gobierno, se han desatado desde la purga llevada a cabo en el gobierno cuando Hollande y Valls invitaban a dimitir a sus miembros más conflictivos. Sabiendo que el tiempo se agota y la sociedad demanda resultados cuanto antes, el nuevo gobierno de Valls, con Macron a la cabeza, está sumido en una fiebre reformista con el objetivo de liberalizar, simplificar, y hacer la economía más dinámica y competitiva. Esto, sin embargo, no gusta a quienes lo tachan de liberal, y afirman que está traicionando los valores más fundamentales del socialismo.

Hay quien quiere ver en esta lucha abierta el comienzo de la carrera por las presidenciales de 2017, en las que la presencia de Hollande como candidato está casi descartada (su popularidad roza mínimos históricos, y en el ecuador de su mandato, es considerado por muchos como un cadáver político). Así algunos entre los socialistas, siendo conscientes de que un nuevo nombre se convertirá en candidato al Elíseo, parecen haber olvidado su posición como tercera fuerza en las encuestas (pese al mucho camino por recorrer, en la situación actual se quedarían posiblemente fuera de la segunda vuelta en las próximas elecciones), el resultado de las europeas o el descontento de la poblacion.

En esta línea nos encontramos con la actual alcaldesa de Lille y antigua primera secretaria del PS, Martine Aubry, quien se postula como abanderada de la izquierda de verdad (ya sabéis, la que aún tiene principios, valores, y está ante todo a favor del bien). En el manifiesto que ha impulsado: Ensemble Réussir [algo así como Juntos Podemos, dejo el chiste en manos de los lectores] nos encontramos con algunas de las consignas más tradicionales de la izquierda. En él, se habla del actual sistema económico como de "una nueva forma de absolutismo", causada porque los mercados se han desligado de la vida común para vivir sus propias vidas, por encima de las nuestras”. A falta de recetas para los problemas del país galo, los autores del manifiesto tienen retórica de sobra, y el documento está repleto de perlas como la siguiente: “No creemos que el homo economicus, con sus deseos infinitos y su religión del consumo, sea la verdad de la persona humana”.

¿Y con respecto al paro?¿Al estancamiento del crecimiento del PIB? Parece que las reformas iniciadas por el gobierno de Valls no gustan a Aubry, que desconfía de las nuevas medidas recientemente aprobadas de ayuda a la contratación para empresas. Propone en este sentido ayudar tan solo a las empresas buenas, y cerrar el grifo a los agentes del mal, es decir, bancos y empresas que reparten dividendos. En contra de la línea del gobierno que busca reducir el peso de las administraciones públicas de forma progresiva, el texto del manifiesto aboga por destinar hasta veinte mil millones de euros (la mitad del presupuesto destinado a ayudas a empresas) a hogares y ayuntamientos. Para salvar familias y no malvadas corporaciones, suponemos. ¿Y a la hora de cuadrar los presupuestos? Pese a los nefastos resultados de los primeros años de mandato de Hollande, cuando trató de no recortar el gasto público y compensarlo subiendo impuestos ahogando así el consumo; Aubry insiste en que esta y no otra es la vía correcta. ¿Cómo hacer que funcione? Fácil: yendo a Bruselas y diciendo que eso del déficit al 3% está muy mal montado, que lo cambien (cabe señalar que Valls ya ha renunciado al objetivo del 3% en 2015 para no ahogar la economía). De postre, la última moda entre algunos sectores de la izquierda: el manifiesto coquetea con la idea de que los ciudadanos no han sido co-responsable del endeudamiento del país, y de que no sería descabellado auditar la misma para evitar que paguen las consecuencias.  


Por su parte, Valls tiene claro que quiere encabezar el ala reformista del partido. A su favor, la perspectiva de medio quinquenato por delante para comenzar a aplicar sus reformas, dar un giro a las políticas de izquierda tradicionales, y demostrar a los franceses -pero de entrada a la izquierda- que el espíritu de cambio que defiende a capa y espada es, como afirma, el camino correcto hacia la recuperación.

Más allá de la frase que ha provocado los titulares, al afirmar en una entrevista (y no ha sido la primera vez) que era el momento de unir a todas las fuerzas progresistas bajo una sola, y que esta no debería denominarse necesariamente socialista; el Primer Ministro parece cansado de mantener las formas, tradiciones y mecanismos obsoletos por encima de los resultados y fines perseguidos. Valls desconfía de los símbolos por los símbolos: “gobernar no es encabezonarse [en ideologías] sino ser pragmático”, y afirma que si la izquierda no se reinventa está destinada a morir. Además, plantea que es hora de dejar atrás un modelo de Estado del Bienestar que redistribuye a ciegas tratando de poner parches a posteriori a las desigualdades, para buscar a través de la educación un modelo que haga el máximo para que estas no lleguen a producirse.

Ante los ataques a quienes señalan que un partido socialista no debería centrar sus ayudas a empresas, recuerda que si no se genera competitividad, no habrá riqueza, y sin esto último no es posible crear empleo. Se declara parte de una izquierda que asume sus responsabilidades, no de esa que se limita a reinventar el mundo desde la oposición; y, consciente de que gran parte de sus reformas tienen un horizonte a diez años vista, argumenta que las medidas que está tomando son por el futuro, y por evitar un endeudamiento que acabe lastrando las generaciones futuras.

Cabría preguntarse, dónde queda Francia en todo esto, mientras la economía no mejora, el Frente Nacional sigue postulándose como primera fuerza, la derecha tradicional trata de reinventarse sin éxito, y ciertos sectores del partido del gobierno parecen más preocupados por hacerse ver de cara a 2017 que por trabajar para sacar el país adelante. ¿Puede Francia permitirse, en una situación de crisis como la actual, que el Partido Socialista se desintegre, por rechazar la creación de un proyecto conjunto? Tal vez sea el momento, como dice Valls, de dejar los símbolos y banderas a un lado, y entender que gobernar es asumir responsabilidades.

10/24/2014

5 ciudades italianas que merece la pena visitar

Artículo por C.O.

Es el momento de preparar las maletas y hacer un tour turístico por la siempre bella Italia al estilo del Grand Tour de los burgueses del siglo XIX, es decir, un viaje de aprendizaje y conocimiento visitando las cinco ciudades italianas más espectaculares.


Venecia. La calles de Giacomo Casanova. 

Famosa por sus canales, sus góndolas, su arte y su aire de magia pagana, no debéis dejar de visitar la Piazza de San Marcos, la Basílica y sus impresionantes frescos, el Palazzo Ducale o dar un paseo en vaporetto contemplando la arquitectura aristocrática del Gran Canal. Además, Venecia es altamente recomendable si decides viajar en febrero, la época del Carnaval. Máscaras, personajes de cuento de hadas y conocidos personajes de la historia se dan cita en las calles de la ciudad en el único momento del año en el que no hay nada imposible.



Roma. Los orígenes del sueño imperial. 

El Anfiteatro, el Foro, el Panteón de Agripa, la Villa Borghese y muchas cosas más os esperan en la capital del país. La Ciudad Eterna esconde muchos lugares llenos de misterio, como las catacumbas, en las que algunos guías dejan tocar los huesos de los primeros cristianos y de otros miembros de las minorías religiosas, el barrio de Trastevere, bohemio y tranquilo, muy cerca del Castel Sant’Angelo, el lugar de refugio de los papas en época de invasiones, o la boca de la verdad, un gigantesco medallón en mármol en la Iglesia de Santa María in Cosmedin, que según la leyenda te come la mano si cuando la introduces dices una mentira. ¿Os atrevéis a probar?



Florencia. El poder de Maquiavelo. 

La capital de la Toscana es una de esas ciudades que hay que ver antes de dejar este mundo. No sólo porque es una obra de arte en sí misma (El David de Miguel Ángel, la Galleria degli Ufizzi, el Duomo y su grandiosa cúpula), si no porque esconde muchos secretos y creencias populares, como aquella que dice que si arrojas una moneda a la fontana del porcellino, muy cerca del Ponte Vecchio y del Mercato Duomo, se cumplirán todos tus deseos. ¿No desearíais volver a Florencia y descubrir todos sus misterios?



Palermo. La puerta que conecta Occidente con Asia

La capital de Sicilia puede presumir de tener una de las mejores y más curiosas fusiones culturales de toda Italia. Especial atención merece el Palacio de los Normandos, primero palacio árabe y posteriormente palacio real con los normandos, la catedral con las reliquias de Santa Rosalía, la patrona de la ciudad, o el Teatro Máximo. Para encontrar alojamiento podéis echar un vistazo online, ya que es una ciudad con bastantes opciones para que podáis elegir la que más os convenga. Venere.com es una de las páginas donde podéis consultar. Os informa de todas las soluciones disponibles en cada zona, así como transporte público cercano y servicios varios para que no os perdáis uno sólo de los fascinantes rincones de la ciudad, como los antiguos mercados de la Vucciria, el Capò y Ballarò, donde podrás encontrar multitud de objetos exóticos traídos de las más lejanas tierras.



Nápoles. A los pies del Vesubio. 

La ciudad más poblada de la Campania es una curiosa mezcla de tradición y modernidad. Por un lado, maravillosas obras de arte y monumentos como el Castel dell’Ovo o el Duomo, y, por otro, una vibrante y festiva atmósfera nocturna, junto a números bares, restaurantes y cafeterías. Muy cerca de Nápoles está Ischia, donde podréis pasear por el Castillo aragonés y tomar un café en los Jardines Poseidón después de un relajante tratamiento corporal.
C.O.




10/09/2014

Gracias, Andy

Voy a recordar a Andy en 2009 ganando Lieja, atacando sin miedo y pedaleando en solitario hacia la meta, hacia la victoria, hacia el infinito si hubiese hecho falta porque hacia allí le llevaban las piernas. Voy a recordarlo así, sorprendiendo, con chispa, con fuerza, con la garra de quien tiene un mundo por conquistar y muy poquito que perder. Poniendo los pilares de lo que soñábamos que sería (y ha sido) una gran carrera deportiva.

Voy a recordar a Andy en 2010, vestido de blanco, en su mano a mano con Contador. Atacando una y otra vez hasta que la carretera no dio más oportunidades para hacerlo y haciéndonos vivir uno de los Tours más emocionantes que recuerdo en los últimos años. Levantando los brazos en Morzine y en el Tourmalet. Puede que incluso recuerde, algo enfurruñada, los malditos 39 segundos que lo separaron de la victoria. Aquel segundo puesto que ni siquiera supo amargo, porque seguro que lo mejor aún estaba por llegar.

Voy a recordar a Andy por el verano de 2011, aquel en que el Tour fue mi mayor entretenimiento en medio de la húmeda campiña inglesa. Voy a recordar el ataque en la subida del Izoard y todas aquellas horas frente a la pantalla con la cabeza algo escondida detrás de un cojín, temerosa de que lo que estábamos viendo no fuese de verdad. El sueño amarillo en Alpe d’Huez, y otro segundo que sabía amargo, pero que se compensaba con la hazaña del Galibier.Voy a recordar a Andy por regalarme algunos de los momentos ciclistas que más he disfrutado a lo largo de mi vida, por cada tarde pegada al televisor, por la ilusión, por haberme hecho gritar, reír, llorar, aplaudir, saltar y morderme las uñas hasta los nudillos.

Voy a recordar a Andy exactamente así.

Voy a recordar a Andy con un cariño enorme, de ese que se tiene a las personas que, aun no conociendo personalmente, forman de algún modo parte de ti.

Del resto, que no es poco, seguro que se hablará. Pero no aquí, no ahora.  Aquí y ahora, me quedo con él haciendo lo que mejor sabía: pedalear hacia arriba, haciéndonos creer que volaba.



8/25/2014

Notas rápidas sobre Montebourg, Valls, y la dimisión del gobierno francés

La noticia del día saltaba pronto por la mañana, y venía esta vez desde tierras francesas: ¡¡Valls dimite!! ¡¡Francia se queda sin gobierno!! ¡¡Catástrofe!! Tras unos minutos de alboroto, resultaba que no, que Valls no dimitía, sino que dimitía su gobierno, y pongo en cursivas porque pese al verbo utilizado, lo que en realidad ha sucedido es que, harto de la fronda encabezada por Montebourg -hasta hoy, ministro de economía- durante la última semana, Hollande ha pedido a Valls que forme un nuevo gobierno, que se presentará mañana martes, probablemente sin Montebourg en sus filas.

Arnaud Montebourg, el artífice principal de esta crisis de gobierno, lleva un tiempo dando dolores de cabeza en el PS francés. Candidato a las primarias para las elecciones generales de 2010 (quedó tercero en la primera ronda de las mismas), representa al sector más a la izquierda del partido, y su discurso, de un marcado corte proteccionista, se ensaña a menudo contra bancos, mercados, y se posiciona a favor de movimientos indignados¿Qué hace entonces siendo Ministro de Economía del conocido neoliberal Manuel Valls? Bueno, ya sabéis lo que dicen: el enemigo, mejor cerca. Como Ministro de Economía, Montebourg estaría contento, callado, y no rompería la armonía interna del PS en un momento de debacle absoluta del partido.

El caramelo del ministerio, sin embargo, ha durado más bien poco, y apenas cinco meses tras su nombramiento ha tardado Montebourg en mostrar su descontento con las medidas tomadas por Hollande y Valls para intentar reflotar la economía francesa. Ya el  miércoles pasado, la frase  «Dimanche, je passe à l'attaque!» [el domingo paso al ataque] auguraba poco bueno. El sábado, la polémica continuaba con un artículo suyo en Le Monde y otro de Benoît Hamon (hasta ahora Ministro de Educación) en Le Parisien  atizando al gobierno y pidiendo un punto de inflexión en la política económica francesa, apostando por ralentizar la reducción del déficit y por tratar de impulsar el crecimiento de la demanda. El domingo, aprovechando la celebración de la Fiesta de la Rosa, y comparándose con la antigua fronda, voces dentro del PS comenzaron a decir que las elecciones no se habían ganado para hacer lo que se está haciendo dos años más tarde, mientras el propio Montebourg declaraba « Le ministre de l'économie que je suis a le devoir de ne pas se taire et de proposer des solutions alternatives » [como ministro de economía que soy, tengo el deber de no callarme y proponer soluciones alternativas], justificándose con que « la promesse de 2012 de remettre en marche l'économie, de retrouver la croissance et le plein emploi n'a pas fonctionné » [la promesa de 2012 de poner de nuevo en funcionamiento la economía, y de encontrar el crecimiento y el pleno empleo no ha funcionado]. No dudó tampoco en pedir un liderazgo alternativo de París contra Berlín.

Desde el Hôtel Matignon, residencia oficial del primer ministro francés, las declaraciones hablaban de líneas amarillas, y de que « Un ministre de l'’économie ne peut pas s’'exprimer ainsi, que ce soit sur la ligne économique du gouvernement auquel il appartient ou à l’'égard d'’un partenaire européen de la France » [un ministro de economía no puede expresarse así sobre la línea económica del gobierno al que pertenece o sobre sus socios europeos]. Mientras tanto, desde el Elíseo se evitaban declaraciones... hasta que esta mañana, Hollande pedía a Valls la formación de un nuevo gobierno coherente con las orientaciones definidas (por Valls) para Francia.




Parece que esta es la respuesta más clara al interrogante que planteaba Montebourg esta misma mañana, cuando declaraba que no sabía si mañana sería ministro. Añadía Montebourg que según su criterio, un gobierno no se deshace de ministros por aportar propuestas a un debate justificado. De los modos de presentación de dichas propuestas, claro, no ha dicho nada.

No se trata, por tanto, de una dimisión de todos los ministros en tromba por dignidad y coherencia con su programa electoral mientras el malvado Valls se apalanca en su sillón, sino del Presidente del país ordenando a su primer ministro la formación de un nuevo equipo por los problemas que ha dado el anterior. Dimitir, no deja de ser en este caso un eufemismo de "echar a la calle por bocachanclas".

Los meses siguen pasando en el mandato de François Hollande, que no deja de caer en las encuestas, mientras la recuperación económica se resiste a llegar, y las reformas de Valls no van a tener efecto inmediato. El verano está siendo agitado, con la UMP (el equivalente a nuestro PP) rehaciéndose, el antiguo Primer Ministro Alain Juppé posicionándose como candidato a liderar el partido, y Sarkozy coqueteando con volver. Además, datos económicos como que la recaudación del impuesto sobre la renta ha sido menor de lo esperado no dejan de poner a Valls contra las cuerdas. No es, en definitiva, el momento para jugar a disputas internas dentro del partido. 

¿Y ahora? El reto de formar un nuevo gobierno sin que esto implique dejar al sector más izquierdista del PS de lado provocando divisiones en el partido. Hasta ahora, Valls ha demostrado no tener miedo a seguir adelante con sus medidas pese a voces contrarias. Veremos en qué acaba el baño con tiburones.

7/27/2014

El cuarto más amargo

Mis primeros recuerdos de Valverde remontan a la Vuelta a España del año 2003. Por aquel entonces estaba yo enamorada hasta la médula, como buena pre-adolescente, de Oscar Sevilla. Oscar, la gran promesa del ciclismo español después de aquel séptimo puesto en el Tour de Francia del año 2001, en el que también se llevó la clasificación del mejor joven, no acababa de brillar tanto como habríamos esperado sus adeptos. Mientras tanto, uno de sus compañeros de equipo empezaba a despuntar y a hacerse un nombre en su segundo año como ciclista profesional. Siempre a la sombra de aquel minúsculo Roberto Heras que volaba cuando la carretera se ponía cuesta arriba, y de un Isidro Nozal que sorprendió a todos ese año, recuerdo ver pasar a Valverde por una de las últimas curvas del Alto de Abantos, en el que se disputaba la penúltima y decisiva etapa de aquella Vuelta: una cronoescalada. Lo recuerdo ver pasar, decía, como una bala (¡¡vas como una bala verde!!), con un pedaleo alegre y sin complejos que no había hecho más que aparecer en la escena del pelotón profesional, y que llegaba para quedarse. Alejandro acabó segundo en la contrarreloj y tercero en aquella Vuelta, su primer podio en una grande (con el tiempo vendrían otros tres podios y una victoria en la clasificación general en el año 2009 ). Oscar Sevilla, por su parte , tuvo que conformarse con un amargo duodécimo puesto en la clasificación general, con ser el noveno de la etapa y con una carta de amor perfumada que le hice llegar a través de su entonces director Vicente Belda.

Debo confesar que siempre le he tenido algo de manía a Valverde por haberlo hecho mejor que Oscar en aquella Vuelta. Sin embargo, Alejandro es el tipo de ciclista al que un día te descubres apoyando, sin saber muy bien cómo ha pasado. Desde sus primeras temporadas, Valverde empezó a ganar, a ganar mucho, a ganar bonito. Sus arranques, su punta de velocidad, su alegría al dar pedales hacían de él un ciclista diferente a los escaladores y vueltómanos a los que estábamos acostumbrados en España, y creo que fue probablemente gracias a él (sin olvidar por supuesto a Oscar Freire) que aprendí que había algo llamado Clásicas de Primavera y lo bonito que puede ser el mes de abril cuando le echas salsa de bicicletas.

Valverde fue el primer español en imponerse en una Lieja-Bastogne-Lieja (en 2006 y 2008), y en las 50 victorias como profesional que presenta su palmarés encontramos nombres como una Flecha Valona, dos veces la general de la Dauphiné Libéré, una Clásica de San Sebastian, un Tour de Romandia, dos clasificaciones generales del UCI Pro Tour, y hasta cinco medallas en Campeonatos del Mundo.

Sin embargo, y pese a haber forjado un palmarés que nunca sabremos lo que podría haber sido, Alejandro tenía un sueño. Un sueño vestido de julio y girasoles que serpenteaba por las carreteras francesas, atrayendo la atención de medio mundo. Alejandro soñaba con el Tour. A lo largo de la última década, hemos visto como el murciano deshechaba objetivos más adaptados a sus características para centrar su preparación en este sueño. Año tras año, hemos soñado con que igual esta vez sí, y nos hemos dado batacazo tras batacazo. Valverde se ha vestido de amarillo, ha levantado los brazos y se ha llevado hasta 4 victorias de etapa en la ronda gala, ha luchado con los mejores en la montaña.... pero no fue suficiente. Año tras año, también, las tres semanas se hacían demasiado largas, o una caída jugaba una mala pasada, y los minutos acababan pesando en la clasificación general.

El clamor general que te anima la decisión más sensata suele servir de poco cuando estás empeñado en conseguir algo, así que no seré yo quien reproche a Valverde el haberlo intentado hasta que la carretera ha dicho basta. Y no lo haré precisamente porque creo  que de lo único que debemos arrepentirnos, es de no haberlo intentado.



La decisión del equipo Movistar de traer a Valverde a esta edición del Tour fue criticada por más de uno (y aquí me incluyo) por implicar con ella la exclusión de Nairo Quintana, segundo en París el año pasado. Él, sin embargo, se veía con nivel suficiente para subir a uno de los cajones del podio. Pese a las circunstancias a priori adversas, la eliminación a las primeras de cambio de dos de los grandes favoritos, Contador y Froome, aumentaba las posibilidades para Valverde, que veía su objetivo más cerca que nunca. Por primera vez, lo vimos plantear el Tour perfecto. Sin la explosividad que solía caracterizarlo, pero con cabeza y sangre fría, regulando fuerzas, respaldado por su equipo, y sin rastro alguno de las temidas valverdadas. Pero como suele decirse, el Tour es el Tour, y no perdona. La tercera semana se hizo demasiado larga, los segundos se iban escapando puerto tras puerto, y la contrarreloj final acabó con esa esperanza que muchos teníamos de ver al murciano alcanzando, por fin, su ansiado objetivo.

Hay muchas cosas que podemos criticar cuando hablamos de ciclismo, y del modo en que se plantea una carrera, pero no seré yo quien reproche a nadie  que sus piernas no vayan tan rápido como nos gustaría. No cuando ese alguien ha dado todo lo que tenía y no ha cometido un solo fallo. Ayer fue un día triste. Triste para Alejandro Valverde, triste para los valverdistas, triste para los ilusos que aun creemos que los sueños siempre acaban por llegar cuando se persiguen  toda una vida. Lo que no fue, en ningún caso, es un día para el reproche, como tampoco lo fue el año pasado cuando Contador acabó el Tour en la misma cuarta posición de la general final.

Ayer forjaba las líneas de este pequeño homenaje en mi cabeza, mientras esperaba nerviosa a que Valverde bajase por la rampa de salida, aún esperanzada -convencida, incluso- de que alguno los dos franceses no tuviese un buen día. Recordaba ayer el susto que le pegué hace apenas dos semanas en Mulhouse deseándole suerte a gritos, y recordaba, sobre todo, la primera vez que hablé con él, en lo alto del Morredero, en la Vuelta a España de 2006, tras esperar (y convencer a mi padre de que no podíamos irnos de ninguna manera) en la puerta del camión antidopping (Alejandro había ganado la etapa) a que saliera.

-¡Alejandro, he subido en bici!

-¡Pero cómo te crees que he subido yo!

Recuerdo verlo pasar tan rápido que me parecía difícil pensar que habíamos usado el mismo medio de transporte para llegar hasta allí. Esa bici que le (nos) ha dado tantas alegrías, y en ocasiones como ayer, algún que otro disgusto. En esa bici a la que aún le quedan muchas cosas que decir, muchas victorias que saborear, muchos sueños que cumplir. Muchas veces en las que hacernos gritar desde las cunetas ¡¡vas como una bala verde!!